lunes, 6 de mayo de 2013

Los gritos del silencio

Ficha técnica

Título: Los gritos del silencio
Director: Roland Joffé
Año: 1984
Título original: The killing fields
Nacionalidad: UK
Producción: Warner Bross. Pictures
Productor: David Puttnam
Duración: 142’
Guión: Bruce Robinson (Muerte y vida de Dith Pran, novela de Sydney Schamberg)
Fotografía: Chris Menges
Música: Mike Oldfield
Montaje: Jim Clark

Ficha artística

Sam Waterson (Sydney Schanberg)
Dr. Haing S Ngor (Dith Pran)
John Malkovich (Alan “Al”, fotógrafo)
Julian Sands (Jon Swain)
Craig T. Nelson (Mayor Reeves)
Spalding Gray (Cónsul de los Estados Unidos)



Los gritos del silencio - el fancine - el troblogdita - ÁlvaroGP - Periodismo y Cine
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Hablar de “Los gritos del silencio” es querer matizar la obra, caparla desde el título, pues la película, en inglés se llama “The killing fields”, que bien podría traducirse como “los campos de exterminio”, campos de trabajos forzados, campos de concentración, o sencillamente, la aplicación radical del sistema comunista en la Camboya de los años ’70 del pasado siglo.


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Los gritos del silencio” serian, una vez más, la versión políticamente correcta de algo políticamente incorrecto desde su más íntima esencia: una República Popular, o Democrática, apellido del que siempre abusan aquellos que podrían presumir de todo menos de democráticos, tal era el caso de su “prima” la Republica Democrática de Alemania, en donde pensar era motivo de deportación con pasaporte para Siberia.

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La película se desarrolla en Camboya, como bien decía, en los estadios previos a la toma del poder de Pol Pot, líder comunista de la guerrilla popular, (nosotros tuvimos nuestro Frente Popular), de ascendencia Maoísta, esto es, más malos que un dolor de muelas.

Hay dos protagonistas: Sydney Schanberg y Dith Pran. El primero corresponsal de guerra del New York Times, el segundo, un periodista local que se convierte gradualmente en la mano derecha de Sydney, por su buen olfato periodístico, su amor a la profesión, sus ansias por investigar y dar a conocer a Occidente cual es la realidad sociopolítica de su Camboya natal, junto con su familia, lo que mas amaba.

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Dith Parn irá ganando protagonismo a lo largo de la película. Comienza siendo un actor de reparto, secundario a todas luces, para ir ganándose a pulso el marchamo de protagonista, pues no obstante, la novela en la que se basa el guión se llama “Muerte y vida de Dith Parn”, por algo será.


Su dominio del idioma, fundamental, su conocimiento del medio, su cultura nativa, su espíritu periodístico y su saber negociar, harán de él el 50%, cuando no el 90% del tándem Sydney / Dith. Y esto no lo digo yo, lo dice el propio Sydney, primero en la película, pero queda mejor reflejado en la novela mencionada, cuyo autor es el propio Sydney en la vida real.

La libertad y la democracia irán perdiendo terreno ante el avance insostenible e infrenable de los Jemeres Rojos, movimiento liderado por Pol Pot, una suerte de ejército popular compuesto por campesinos “reciclados” en asesinos dedicados al bello arte del exterminio.

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Pues esto eran los Jemeres, el brazo ejecutor del Maoismo, extremo chino del comunismo, un comunismo que ha dejado su huella roja en todos los sitios que han tenido el infortunio de padecerlo. Para mejor comprender la película, explicaré brevemente que dicho movimiento político abogaba por el cambio radical de la sociedad, llevado al extremo más irracional en Camboya, al término de la guerra de Vietnam: esto es, forzar a la sociedad a abandonar en bloque las ciudades, expresión burguesa y acomodaticia de una sociedad decadente, trasladando a todos los habitantes de las ciudades al campo y forzándolos a trabajar en campos de concentración para alimentar a base de arroz a todos los conciudadanos, servir de despensa a la Unión Soviética, y de paso, ejecutar, exterminar y masacrar cualquier voz disonante que intentara hacer sombra al comunismo.

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Y todo esto se ve perfectamente reflejado en Los gritos del silencio. Película que destaca con maestría, por saber reflejar, como pocas, las labores cotidianas de un corresponsal de guerra, armado con su cámara fotográfica, y con la sola munición de la tinta de su máquina de escribir portátil.

Sydney, como dije un poco mas arriba, era el corresponsal del New York Times en Camboya, y hacía bien su trabajo, más que bien, era un perfeccionista de la noticia, siempre aconsejado por Dith, cuyas fuentes, conjugadas con sus artes negociadoras, le ponían sobre la pista de los acontecimientos sucedidos e incluso por suceder en todos los frentes abiertos.

El ejército norteamericano no podía hacer otra cosa mas que nadar y guardar la ropa, esto último no fue ni posible al tener que poner pies en polvorosa y abandonar el territorio dando por zanjada y perdida una contienda cuyas raíces habían nacido en la vecina Vietnam.

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Una prensa “opositora”, una guerra fría que mermaba los reflejos de los dirigentes estadounidenses, una política exterior mas centrada en las bombas que en las palabras, pero necesaria, porque la URSS iba extendiéndose en los territorios tercermundistas, no siempre bien trasladada a la opinión pública y tergiversada, en tantos casos, por corrientes marxistas dentro del propio Occidente, verdadero germen de una quinta columna que minaba y mina al próspero occidente, presa de “lo políticamente correcto” y victima de las maquinas de propaganda filo comunistas. (Sirva de ejemplo que incluso en nuestros días, todavía hay prensa y gobiernos afines a movimientos dictatoriales, por ejemplo: Venezuela).

Corresponsales de guerra al fin y al cabo. Soldados de la palabra que caen cada año haciendo su trabajo, un trabajo que les exige no tener un descanso en 24 horas, un ir de aquí para allá, ser la sombra de las fuerzas armadas, ser la punta de lanza de la opinión pública, ser los ojos de una sociedad que se mira al ombligo, ser el palillo con que se remueven conciencias y la sal que escuece en la moral que aparta la vista.

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Y de tanto en tanto, alguno cae muerto presa de su ansia por reflejar la actualidad, aunque trabaje 24 horas, para abrir un informativo, diez segundos de crónica, una vida expuesta a las balas y al fuego de mortero, a los tanques y a los suicidas, a los accidentes y a las minas, a los fanáticos y a los desesperados, al fuego enemigo y al fuego amigo…


Como dice Pérez Reverte, que de esto entiende un rato, el corresponsal como el militar, van a la guerra para luchar. El uno por la noticia  el otro por matar, y el que no entienda esto, que se meta a titiritero. (No he sido fiel a sus palabras, pero me juego el pellejo a que no me contradice, porque sé que sí he sido fiel a su mensaje).

Esta es pues la película, la historia de aquellos que se lo jugaron todo para que viéramos las tripas de los camboyanos rebosando tras un machetazo.

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Pues camboyanos murieron, como chinches, y no todos, ni la mitad, a manos de los americanos, que fueron los Jemeres Rojos los que aplicaron no solo la política de evacuación de todas las ciudades, ni solo la doctrina de los campos de trabajos forzados en la agricultura, sino los autores de una de las mayores masacres, pasando por el fusil a todo el ejército regular una vez que ganaron la guerra, y ellos, con sus manitas de niños, pues muchos no habían cumplido ni los catorce años, (el infante: esencia pura del movimiento Jemere, por no haber sido corrompido por la sociedad burguesa occidental, era una de sus armas más letales, adoctrinados para matar, destripar y ser despiadados, la única madre, la patria, el único padre, el Partido Comunista), y ya fueron partícipes de la horrenda mutilación y del asesinato en masa.

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El genocidio soviético esta por conocerse en su extensión, pero en Asia, bajo la bandera roja se han hecho y siguen haciéndose verdaderas tropelías.

Y en medio de esta historia cruel, Dith Pran, un luchador, un temerario, temeroso pero fiel a su vocación periodística, como camboyano se lleva la peor parte, no poder salir de su país, al que ama, y no poder defenderse del tirano.


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Así se escribe la Historia.

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