miércoles, 1 de mayo de 2013

El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante

Ficha técnica

Título original: The Cook, the Thief, his Wife and her Lover
Director: Peter Greenaway
Año: 1989
Nacionalidad: Reino Unido
Producción: Allarts Cook Ltd. / Erato Films / Films Inc.
Duración: 123’
Guión: Peter Greenaway
Fotografía: Sacha Vierny
Música: Michael Nyman

Ficha artística

Richard Bohringer (Richard Borst, el cocinero)
Michael Gambon (Albert Spica, el ladrón)
Helen Mirren (Georgina Spica, su mujer)
Alan Howard (Michael, su amante)



Define el diccionario de la Real Academia Española, a la bacanal, como “Dicho de ciertas fiestas de las Antigüedad: Celebradas en honor del dios Baco”, en su primera acepción, y “Orgía con mucho desorden y tumulto”, en la tercera.


El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante - el fancine - el troblogdita

Y tal sería la palabra, si tuviera que seleccionar una sola palabra, para definir esta película. Una orgía para los sentidos, pues viéndola sentiremos un bombardeo visual, olfativo, táctil, auditivo y gustativo.

Se trata de una película que pasó sin pena ni gloria por las carteleras, de esas que se rescatan de madrugada, que por casualidad se tienen en una videoteca o ponen a deshora en alguna televisión… Eso en cuanto a la crítica constructiva, porque destructiva sí cosechó alguna.

Pues bien, esta vez os invito a una orgía, sí, tal cual, para ver una película dura, muy dura, pese a la historia de amor que subyace en su guión. Dura porque Peter Greenaway no escatima a la hora de llamar a las cosas por su nombre, dura porque en esta película no se insinuará nada implícitamente, es una película explícita, tanto en las escenas de violencia, que las hay, como al tratar la sexualidad, o reflejar la grosería del inculto prepotente, (motivo que sirvió en bandeja la cabeza de Greenaway a la hora de recolectar críticas por falta de gusto). Y no creo que se trate de tal cosa, falta de gusto, creo más bien, que en esta película hay una sinceridad hiriente, lejos de la sempiterna autocensura de lo políticamente correcto, de la cual huyo desde hace años y me revuelve las tripas al ver cómo maquillamos lo que decimos, lo que pensamos, lo que comunicamos en pos de no ofender a terceros. Autocensura de un Occidente reprimido y avergonzado por su Historia, una Historia de fronteras superadas y retos coronados. Y por esto chirría esta película, porque su clave narrativa no pone paños calientes, porque su escritor no se refugió en un diccionario de sinónimos, mejor llamarlo de “eufemismos”. Escrita por el propio Greenaway, la orgía que representa esta pieza de barroco tardío y cinematográfico hiere a los espectadores más sensibles y causa repulsa en los menos ilustrados.

“Barroco tardío” he dicho… Pues sin tal adjetivación no se entendería la orgía que quiero presentaros.

Y como de cocina se trata, despiezaré la película en cinco partes, sentido por sentido, para abriros el apetito.

Oído: esta película nos regala una de las mejores bandas sonoras, (subjetivo), del cine. Una línea constante que llega a abotargar al espectador, sobrepasándolo por su pureza en una voz blanca, casi de castrato, a la antigua usanza, con una música aguda que penetra nuestros tímpanos y se recrea acompasando el martillo sobre nuestro yunque, acompasado, constante, sin pausa, dulce, contrastando con el resto de los sentidos…

Y no sólo los sentidos. Decía al principio que esta película es "dura, muy dura". Una de esas durezas, ciñéndome al sentido en cuestión, hará que esa armonía musical se contraponga una vez sí y otra también con los diálogos de los personajes: groseros, bastos, obscenos, bajunos y desagradables. Cuando no monólogos de Albert Spica, (el ladrón), magníficamente interpretado por Michael Gambon, quien acapara, diría yo, el ochenta por ciento de los diálogos hablando, avasallando a todos los que le rodean, haciendo cierto aquello de quien más habla es el que menos tiene que decir.

Y sus silencios… Al contrario de Albert Spica, mal educado y siniestro, cuanto más nobles y puros de corazón son los personajes de esta película, menos hablarán en ella. Por miedo al ladrón, por miedo a ser sobrepasados por una verborrea atragantante, por respeto, por educación. Hay personajes que no abrirán su boca hasta mediada la película, y que sin embargo lo dirán todo, lo expresarán todo con sus gestos, con sus miradas, con sus estados de ánimo, con el apetito… Magistral.

Vista: aquí radicará realmente el éxito, (subjetivo), de esta película. Una película de una belleza plástica tal, que costará acostumbrarse a su juego de colores e iluminaciones. Comenzaré justificando lo de “barroco”, pues miremos donde miremos, la pantalla estará constantemente rebosando objetos, repleta de imágenes que una por una son dignas de una fotografía enmarcada y en conjunto son de una armonía digna de quitarse el sombrero.

Usaré “siniestra” para adjetivar la fotografía, pese a que ya he usado el término con anterioridad, al hablar de Albert Spica, pues la película, en si misma lo es. Una oscuridad cuasi sempiterna, que llenará de sombras las escenas, ocultando pasiones, sentimientos, amantes furtivos…

Y colorida, arrebatadoramente colorida es esta película. Tal vez una de las películas, pese a la oscuridad como constante, que mejor juega con el color, creando y recreando ambientes, escenarios, emociones a través del color. Un colorido orgiástico, desproporcionado en sus perfectas proporciones, embriagador, sublime y maravilloso… Cada escenario, (hago un inciso para comentar que casi toda la película se desarrolla en un restaurante, del propio Spica, delincuente y propietario), aparcamiento, cocina, comedor, aseos… Tiene su propio colorido, azul, verde, rojo y blanco… Llevado hasta tal extremo que las luces de cada estancia, la decoración en cada una de ellas varía con tan solo abrir y cerrar una puerta, y no solo eso, (barroca decía al principio), las ropas de los personajes, sí su ropa, (diseñada por Jean Paul Gaultier), se irá tornando camaleónicamente del color de la estancia en donde se encuentren, así, un vestido rojo rubí en el comedor, será blanco como la nieve en el aseo, y verde en la cocina, azul en el aparcamiento, “orgía” visual para el espectador, carnaza para críticos amargados por su monocromía intelectual.

Olfato: como si del mercado de especias de Luxor se tratara, una vez dentro de la película, los olores nos impregnan las vestiduras, nos empapamos con ellos, cubriendo nuestros propios cuerpos ora con una magnífica salsa holandesa, ora con una cabeza de cerdo putrefacta y en descomposición. Nos deleitaremos imaginando los aromas de los platos creados por el cocinero y se nos revolverán las tripas al escuchar en boca de Albert Spica cómo varía el olor de la orina en función del alimento, incluso en cómo se agudiza éste en los fumadores. Un torbellino de sensaciones olfativas que se introducirán por nuestros apéndices nasales a pesar de ver sus orígenes tras la pantalla.

Tacto: que no faltará en esta película. Un tacto plural, variado, de lo grotesco y humillante, (me remito a la primera escena de la película, en la que se veja obscenamente a una persona), al sublime entre amantes descubriendo sus respectivos cuerpos, amándose a través de las yemas de los dedos, explorándose a escondidas, a hurtadillas, en las sombras…

Un tacto que nos hace identificar la rugosidad de un pato muerto y recién desplumado, la textura de las ostras antes de ser degustadas, el tacto que eriza el cabello tras una caricia impregnada de deseo. Tipos de tacto que se repetirán y sucederán a lo largo de la película, un tacto explícito en la desnudez de los amantes, en el espárrago que se coge con los dedos y se lleva a la boca, en el agua purificadora que arrastra consigo los gérmenes… E implícito, cuando, nuevamente, el desagradable protagonista fantasea con la sexualidad de su mujer a voces en el restaurante.

Gusto: Variopinto.

Cabría decir, gusto y disgusto.

Y veremos mucho de esto. El gusto por los alimentos bien cocinados y sabrosos, el gusto por la decoración y por los complementos, el gusto por comer sano… Y el disgusto por ver comida podrida, por ver a los perros rebozándose en los alimentos, los excrementos y las vejaciones, la falta de modales y la extorsión, el guiso que no complace, el gesto que desagrada.

Con todo esto, he querido dejar la mención a Helen Mirren para el final, quien se come la pantalla, cuando habla y sobre todo cuando calla. Mujer hecha y derecha, en la pantalla y fuera de ella. De mirada penetrante, de gesto elegante, columna vertebral de un guión hecho a su medida, a pesar de lo arriesgado, por las escenas de sexo, casi explícito en que se desenvuelve no con soltura, sino con elegancia. En las sombras, a oscuras, con luz verde de fondo, luz roja y blanca… Blanca, pura, elegante, balsámica, relajante, que desnuda con su claridad, que se refleja en los vestidos, en los ojos, en las miradas, en el cabello rubio de tan hermosa mujer, que relaja y acelera el corazón, que intimida por su claridad e ilumina el camino a seguir, lo marca, lo muestra… Lo refleja y lo descubre.

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