martes, 30 de abril de 2013

La edad de la inocencia


Ficha técnica

Director: Martin Scorsese
Año: 1993
Título original: The age of innocence
Nacionalidad: EE.UU.
Producción: Columbia Pictures
Duración: 133 minutos
Guión: Martin Scorsese, Jay Cocks (Novela: Edith Warton)
Fotografía: Florian Ballhaus
Música: Elmer Bernstein
Montaje: Thelma Schoonmaker

Ficha artística

Daniel Day-Lewis (Newland Archer)
Michelle Pfeiffer (Condesa Ellen Olenska)
Winona Ryder (May Welland)

Premios y nominaciones
Oscar al Mejor Diseño de Vestuario.

Nominada a Mejor Actriz de Reparto, Mejor Guión Adaptado, Mejor Banda Sonora y Mejor Dirección de Arte.


Una “voz en off” nos abre las puertas de la alta burguesía neoyorkina del siglo XIX. Y he de decir que esa voz, narradora y descriptiva, logra crear una atmósfera de complicidad con el espectador que lo acurruca y lo mantiene en un duermevela emocional del principio al final de la película.

Una voz que sólo aparecerá en momentos de transición, para mantenernos constantemente ubicados, para que no nos perdamos en divagaciones. Podemos suponer cosas, imaginarlas e incluso intuirlas, pero la prosa utilizada en la película (y en la novela) harán que no perdamos la orientación y no necesitemos especular (en exceso).

Es una película romántica tamizada por el drama. El drama de una vida que pudo ser y que nunca sabremos lo que habría sido en caso de haber tomado otro camino… Y esto hace que la ficción no diste en demasía con respecto a la realidad, pues todos, el que más y el que menos ha tomado y seguirá tomando una u otra decisión, a menudo tomada entre varias alternativas. Y sólo conocemos el resultado de la decisión real: nunca llegaremos a conocer qué habría sucedido si en vez de “A” hubiéramos elegido “B”. Y eso es lo que le pasa a Archer (Daniel Day-Lewis) en la película.

En el Nueva York del siglo XIX, la burguesía recibe una impronta y una herencia profundamente marcada por la burguesía europea. Tiene lo mejor de ésta, (opulencia, posibilidades y posición para vivir vidas desenfadadas), y lo peor, (el qué dirán, cotilleos, falsas apariencias y doble moral).

Y será ésta doble moral (muy victoriana) la que marque irremisiblemente la trama de la película. Archer se verá obligado a tomar decisiones. Él es un abogado prometedor, acomodado y desenfadado que estima a la mujer por igual y desprecia a los que, aun compartiendo clase y posición, ven a la mujer por encima del hombro y se esclavizan (y esclavizan) en uniones matrimoniales que son pura fachada y por dentro están podridas por ausencia de amor y compromiso (salvo el económico). Pero al final se verá obligado por su propia palabra (honor) a formar parte del juego y asumir las reglas como propias.

Cada vez que se juzgue el comportamiento de la condesa Ellen Olenska (y se juzgará con cada aparición suya) se establecerán comparaciones entre Europa y los Estados Unidos, éstos últimos más puritanos y estrictos, incapaces de reconocer libertades tales como el divorcio (según la perspectiva de Archer), aún a costa de la salud psíquica de los cónyuges. Puritanos y herederos de los peregrinos (pilgrims) que partieran de Europa, (principalmente el Reino Unido y Holanda) en busca de la tierra prometida, no en busca de la santidad, sino en su defensa pues como tales se consideraban.

Amor a tres bandas. En principio parece que es a dos, y que la tercera persona en discordia es una persona ingenua y simple que no se entera de lo que acontece. El final nos revelará que los tres eran conocedores de la situación y que cada uno la lidió como bien pudo.

Heredera del amor cortesano, la tradición victoriana de la doble moral se instauraría en aquellos días en las familias pudientes que disfrutaban por igual de lujo y placeres. Cortesanas y cortesanos, amores esporádicos, otros fieles hasta la muerte a pesar de los respectivos cónyuges. Un mundo en el que el flirteo, la insinuación y el erotismo de la mirada elevaban la coquetería a la categoría de arte y el roce instantáneo de una mano desnuda era el martirio más placentero y doloroso que un amante incapaz de poseer a su amada podía experimentar.

En cuanto a la gastronomía me complace presentar una película cuyos platos son tan delicados y exquisitos como el vestuario, el arte y la decoración. Ningún plato desentona, ningún guiso sobra, y son tratados con el mismo gusto que una estatua de mármol, y a veces con tanto decoro que bien podría tomarse por un elemento ornamental en vez de un alimento.

Y es cierto pues a lo largo de la película habrá muchos escenarios opulentos cuyo único motivo decorativo sea una pieza de fruta, una vajilla, o dos y hasta tres presentadas en una misma escena con nombres y apellidos.

En esta película se podrán diferenciar dos escenarios proclives a la gastronomía.

El primero, social: un comedor repleto de comensales gozando con las viandas que sorprenden al paladar más exquisito. Veremos la importancia que tiene servir bien una mesa y cómo se puede alagar al amigo, a la familia o al más profundo enemigo con manjares dignos de los mismos césares.

El segundo en privado: generalmente en torno a una taza de té o café. Habitualmente acompañado por un cigarro puro o por un cigarrillo en caso de tratarse de una dama. Escenarios éstos más indicados para los negocios, los cotilleos, la bajada de caretas para exponer las situaciones con claridad y ambientes íntimos para gozar del amado aún en el silencio incomprendido de una relación imposible e inalcanzable, aún a un palmo de distancia.

Y es en estos episodios, en donde el erotismo del quiero y no puedo: pero lo manifiesto con mis actos y lo insinúo con mis gestos, en este intimismo total y recargado en donde Scorsese se recrea y casi toca el cielo preñando las escenas de una sensualidad incomparable cruzando miradas sutiles, labios sellados e infusiones a punto de ebullición en las manos de aquellos que se aman a todas luces pero se guardan los sentimientos en rincones obscuros, casi llegando a comportamientos fetichistas… Pero sin el “casi” en una Edad de la inocencia que tiene de todo menos lo último.

Adulterio o “paraadulterio”, o “metaadulterio” si a caso existieran las palabras que acabo de usar para describir la profunda conciencia de pecado que mantienen los personajes, no ya por lo que hacen, sino por lo que no llegan a hacer en toda su vida. Una tortura psicológica que condicionará sus existencias rayando la locura y llegando a desvirtuar el amor en muchas ocasiones al auto imponerse censuras morales y penitencias dolorosas allí donde más duelen: el corazón

Es una película hecha con buen gusto, y al tratar el gusto no queda a la zaga.

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