martes, 30 de abril de 2013

La ciudad no es para mi


Ficha técnica

Título: La ciudad no es para mí
Director: Pedro Lazaga
Año: 1965
Nacionalidad: España
Producción: Pedro Masó
Duración: 101 minutos
Guión: Pedro Masó, Vicente Coello (Novela: Ángel Lozano)
Fotografía: Juan Mariné
Música: Antón García Abril
Decorados: Antonio Simont

Ficha artística

Paco Martínez Soria (Agustín (padre))
Doris Coll (Luchi)
Eduardo Fajardo (Agustín (hijo))
Gracita Morales (Filo)
Alfredo Landa (Genaro)
Sazatornil (viandante)


Magnífica película. Magnífica y entrañable.

De aquellas que te arrancan una sonrisa mientras te arrancan un suspiro.

De las que da gusto recostarse en el sofá para entregarse a ellas y olvidarse de todo. De aquellas que saben a familia y huelen a pueblo. De las que nos remueven las entrañas al presentarnos los contrastes de nuestra reciente historia.

La urbe frente a lo rural.

El frenesí frente al relajo.

Lo turbio frente a lo claro.

Lo impersonal del anonimato frente a la ternura del vecino con nombre propio, apellidos y vida en común con su comunidad.

El comienzo de La ciudad no es para mí es un homenaje para todos aquellos valientes que hicieron las maletas y se adentraron en la “jungla de asfalto”. Para todos aquellos que vieron diluirse sus apellidos según se amoldaban a lo impersonal, a lo gris, oscuro y frío, al neón y las carteleras, (y por cierto, se ve de soslayo, un cine, El Coliseum, anunciando La familia y uno más, curioso, ¿verdad?).

Ver a Sazatornil de acá para allá, en el comienzo mismo de la película es hilarante, impresionante, sobre todo, lo mejor, cuando el narrador se dirige a él y le pregunta:

Narrador: Espere hombre, ¿a dónde va?

Saza: A la otra oficina…

Narrador: ¿tiene dos empleos?

Saza: No señor, ¡cinco! (abriendo la mano) Si no ¿de dónde iba a sacar para el televisor, la nevera, el veraneo el colegio de los niños, y el 600?

Narrador: ¡Pero así no va llegar a viejo…!

Saza: ¿Y a Vd. Qué le importa?

Narrador: Nada hombre, ¡perdone!

Saza: Perdonado, (descubriéndose la cabeza).

Arranca el 600 y sale a toda prisa…

¡Cinco empleos!, y los hay que se quejan por tres, o por cuatro, seremos inconformistas… Claro, que entonces, había empleo, no como ahora.

La película empieza haciendo una radiografía del Madrid de 1965, “110.853 baches y socavones” dice el narrador. Cierto es que a diferencia de la película, Madrid tiene menos de éstos, pero sigue abierta por los cuatro costados, obras necesarias, obras que se solapan, obras que se olvidan cerrar, obras caóticas, obras despóticas, obras a deshora y un Colón mareado al que tendremos que rodear para evitar estamparnos al recorrer la Castellana, que si el camino más correcto, el más inteligente, es la línea recta, nuestros prebostes se afanan en cortar el tráfico en el corazón de la ciudad y en sacarse rotondas donde antes había una línea recta, de “A” a “B”, pasando por mil semáforos.

Pero no menos divertido es escuchar al narrador, “y multas, ¡muchas multas!”, es que no evolucionamos.

Vistas panorámicas de la Casa de Campo, el Paseo de la Florida, Príncipe Pío, anterior Estación del Norte, Plaza de España...

Como contraste tenemos Calacierva, de la provincia de Zaragoza, de donde es natural Agustín Valverde Requejo, (Paco Martínez Soria), que parte para la capital para encontrarse con su hijo. La sola escena en que intenta atravesar la calle por medio del tráfico, con el cuadro de su mujer, “la Antonia” en ristre, la maleta y las gallinas que se trae del pueblo, y un guardia urbano, Manolo Gómez Bur, intentando hacerle razonar el funcionamiento de los semáforos.

Fierecilla entre urbanitas, atrapado en un Madrid inmisericorde, tritura personas y voluntades.

Este es el comienzo de una de esas películas entrañables que nos hacen sentir orgullosos de nuestras raíces, de los nuestros y de todos aquellos que se esforzaron por darnos a nosotros, las generaciones posteriores una vida mejor.

Y Filo, (Gracita Morales), impresionante, cuando dice “tanto Luchi, tanto Luchi ¡y se llama Luciana!”, al encontrarse ésta, su nuera con Agustín, en casa de su hijo, el mismo día que espera a las marquesas para cotillear y leerse las cartas de los “amigos”.

En la primera escena en que Agustín y su hijo, también Agustín, recuerdan cómo su madre le decía al ir para Madrid, “a ver qué te dan de comer en la ciudad, que estás tan delgaducho…” Mientras observan un retrato suyo que ha sustituido a un Picasso en el salón.

Agustín (padre), llegará a la ciudad cargando con dos gallinas y un queso (curado durante un año en aceite de oliva), y tendrá una conversación con Filo, alabando la comida tradicional, (mientras ella devora el queso), y comparando la gastronomía “de pueblo” y las latas de conservas de la gran ciudad. Conversaciones que se irán repitiendo para ir comparando el modo de vida rural y urbano.

Empieza pues su “acomodo” y estrecha su relación, primero con su nieta, que lo “saca de paseo” con sus amigos, lo lleva a guateques, lo invitan a subir a la sierra, lo mejor de todo Madrid, con su aire sano y su sol radiante, sus bosques verdes y su nieve blanca.

Nunca entenderá cómo su hijo se abstrae de toda la vida social, familiar y de todo lo que sea ajeno a su profesión, claro que le hace una revisión completa al padre, para sorprenderse al descubrir que tiene una salud de roble.

Parece mentira que le “sisa” a su hijo veinte duros, (lo de sisar es un decir, pues es el hijo el que le pone la cartera en la mano), para invitar a merendar a su nieta.

Cada cual tendrá su dilema. El padre, el hijo, la nieta, la mujer de su hijo y hasta la asistenta, que no podrá volver a su pueblo, (muy a su pesar), por tener “una carga” con la que no se puede presentar en casa. Fruto de un “Tenorio” aficionado, Genaro, el huevero para más detalles, (Alfredo Landa), quien se entera de su casamiento como tantos, el último. No podemos perdernos cómo abre la zarpa en la iglesia cuando el cura dice “el novio puede tomar la mano al a novia”. Claro, que no se queja tanto con las cenas que se da en la cocina de los Señores…

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