lunes, 29 de abril de 2013

La cena de los idiotas


Ficha técnica

Director: Francis Veber
Año: 1997
Título original: Le diner de cons
Nacionalidad: Francia
Producción: Gaumont
Duración: 84 minutos
Guión: Francis Veber
Fotografía: Luciano Tovoli
Música: Vladimir Cosma

Ficha artística

Jacques Villeret (François Pignon)
Thierry Lhermitte (Pierre Brochant)
Francis Huster (Leblanc)
Daniel Prévost (Cheval)
Alexandra Vandermoot (Christine)



Nos encontramos ante una comedia desternillante con un planteamiento tan sencillo como efectivo: un escenario, dos personajes principales y un argumento fluido y contundente.

Una película que casi careció de publicidad, (en España y en el resto del mundo). Y sin embargo, como suele suceder, el boca a boca funcionó como una marea imparable que mantuvo su proyección por un año de media en las salas de toda Europa y después e incluso simultáneamente se adaptaría al teatro.


Sencilla, directa, al grano: la cena de los idiotas gira en torno a eso mismo, una reunión de amigos excéntricos que periódicamente se reúne todos los miércoles aportando cada uno de ellos a un “idiota” para saciar sus gustos sádicos y una vez reunidos todos ellos, al terminar la cena decidir cuál de los amigos resultaba vencedor al haber encontrado al mayor idiota de la noche.

Hasta aquí no hay complicación alguna. Francis Veber logra captar al espectador y provoca una evolución en su estado de ánimo conforme avanza la película.

Al principio seremos cómplices de la broma pues reiremos y hasta me permitiría decir, gozaremos con la selección de los candidatos y nos burlaremos íntimamente del final que les espera a los candidatos al mejor idiota.

El criterio para seleccionar a los “idiotas” es bien sencillo. Buscan personajes obscuros, grises, fracasados e infelices sin saberlo. Y es éste “sin saberlo” lo que aporta el matiz agridulce del idiota que vive en la suma felicidad ignorando su propia desdicha.

Unos porque tienen trabajos absorbentes al que se dedican de tal modo que distraen toda su atención hacia él, otros porque tienen aficiones tan peculiares y raras que arrancan la sonrisa de complicidad del espectador. Desde coleccionar boomerangs hasta reproducir las obras de ingeniería civil a base de cerillas, todo vale con tal de buscar a un idiota del que reírse a sus espaldas.

Obvio decir que los únicos conocedores del juego macabro son los organizadores de las cenas. Los pobres idiotas se consideran alagados por poder codearse por una noche con gente de alto standing que les trata de tú a tú, e incluso les pide consejo y opinión sea sobre filosofía, economía… Política, y en el fondo tan solo para alimentar sus respectivos egos, hacer que se crezcan en su vanidad, bajen la guardia y sean todavía más idiotas de lo que originalmente parecían.

Pero todo cambiará el día en que François Pignon haga su aparición en escena. No es un idiota: es “el idiota”. Si hubiera un ránking para medir la idiotez, Pignon lo pulverizaría y habría que crear un nuevo método para clasificarlo.

Pero habrá un factor extraordinario con el que nadie contaba, en concreto para Pierre Brochant, el otro protagonista (no idiota): Pignon resulta no sólo ser el mayor idiota que ha conocido en su vida, también resulta ser el mayor gafe que conocerá.

La entrada de Pignon en la vida de Pierre hará que en el plazo de un par de horas, (la película está narrada casi en tiempo real, de ahí su facilidad para ser llevada al teatro), la vida de Pierre se desmorone como un castillo de naipes en medio de una corriente de viento. La verborrea e ineptitud de Pignon afectarán a Pierre en su salud, matrimonio y economía.

Hay un motivo gastronómico, en este caso es “social”, la excusa que supone una cita gastronómica en torno a la cual se crea una costumbre macabra y una cita imprescindible en un grupo de amigos sin escrúpulos. No obstante, y a pesar del nombre, los únicos alimentos que aparecen son una tortilla francesa y un vaso de vino, pero incluso con tan pocas alusiones se verá la exquisitez del paladar francés a través de pequeñas alusiones a uno y otro.

Unas referencias que harán que en unos pocos minutos podamos sacar algunas conclusiones sobre el estereotipo culinario francés. La receta, bien simple, como ya he comentado se compone de una tortilla francesa y un vaso de vino, sin más, y sin menos pues veremos cómo se deleita quien la hace, cómo comparte su placer con quien la come al transmitirle los ingredientes, en concreto haciendo hincapié en las hiervas con que acompaña a los huevos, dando una vuelta de tuerca al refinamiento culinario enriqueciendo una receta tan sencilla potenciándola con condimentos que estimulen los sentidos.

Y un vino… Bueno, pero que adulteran los protagonistas añadiendo vinagre para connotar un poder adquisitivo inferior al real y deducible al tratarse de tan buen vino. Y aquí destacaría yo el punto álgido en lo que a gastronomía se refiere pues todos sabremos (espectadores incluidos) de la presencia del vinagre, todos menos quien lo degusta y echa para atrás llegando incluso a cortársele la digestión.

El estado de ánimo del espectador evoluciona a la par que Pignon va descubriendo la verdad de la extraña invitación hasta ser completamente consciente de su idiotez. En este momento nos replantearemos el significado de toda la película haciendo que rememoremos paso a paso todas las escenas en las que nos hemos reído de Pignon y seamos permeables, al final, mediante empatía, al abatimiento del pobre idiota que ha ido conociendo gradualmente el verdadero motivo de la invitación y el por qué de su selección para la cena de los idiotas.

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